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El listado del Uscis con los países de “alto riesgo” por el que migrantes latinos pierden beneficios en USA

La política migratoria de Estados Unidos mantiene el esquema de revisión sobre los países considerados de “alto riesgo”. A pesar de que el Servicio de Ciudadanía e Inmigración (Uscis, por sus siglas en inglés) retomó parte de la revisión de pedidos de asilo, el alcance no es uniforme y miles de migrantes latinos continúan bajo las restricciones.
Qué países latinoamericanos aparecen en la lista del Uscis y pierden beneficios
- En diciembre de 2025, Donald Trump anunció la ampliación de las restricciones migratorias y elevó a 39 el número de naciones con prohibiciones totales o parciales.
- La administración federal justificó esta decisión con motivo de proteger la seguridad de EE.UU. al limitar el ingreso de personas sobre las cuales no se dispone de información suficiente para evaluar posibles riesgos.

Dentro de ese grupo, se encuentran dos países latinoamericanos:
- Cuba
- Venezuela
Estas dos naciones fueron incluidas en la lista de restricción parcial, por lo que el freno alcanza distintos beneficios gestionados ante el sistema migratorio estadounidense. Pero no es un veto como el de la lista con prohibición total, que incluye a Afganistán y Haití, entre otros.
La administración sostiene que estas naciones presentan problemas vinculados a verificación de identidad, intercambio de datos oficiales o procesos de control documental.
En los hechos, esto deja a miles de personas en un escenario de espera indefinida. Aunque no implica una negativa automática, sí supone que muchos casos quedan inmovilizados bajo una retención administrativa sin fecha concreta de resolución.

Qué beneficios migratorios quedan congelados en EE.UU. para venezolanos y cubanos
Uno de los procesos más afectados es el asilo en EE.UU. La Casa Blanca permitió reactivar parte de los expedientes que habían quedado suspendidos, pero esa reapertura no alcanza a los ciudadanos de los países incluidos en la lista de riesgo.
“Esta medida permite que los recursos se centren en la continua y rigurosa verificación de la seguridad nacional y la seguridad pública para los casos de mayor riesgo”, señaló el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) a CBS News en un comunicado emitido el 29 de marzo.
Sin embargo, los ciudadanos de Cuba y Venezuela siguen bajo las restricciones parciales, por lo que continuarán con limitaciones sobre la aprobación de sus casos. Además, la medida también impacta sobre los permisos de trabajo, una herramienta clave para quienes buscan sostenerse legalmente mientras avanza su caso migratorio.
La restricción también se extiende a la residencia permanente (green card), así como a ciertos trámites de naturalización. Es decir, no solo se complica la llegada o permanencia legal, sino también la posibilidad de estabilizar el estatus migratorio a largo plazo dentro del país norteamericano.
“La administración continúa sin interrupción con el máximo control y verificación para todos los extranjeros”, agregó el DHS.

Por qué Trump mantuvo estas restricciones migratorias
La administración de Trump adoptó esta línea después de un tiroteo registrado en noviembre de 2025 en Washington, donde un ciudadano afgano que había recibido asilo fue señalado como presunto responsable del ataque contra miembros de la Guardia Nacional.
A partir de ese episodio, el gobierno suspendió de forma general el procesamiento de solicitudes de asilo tramitadas fuera de las cortes migratorias, pero recientemente, el DHS resolvió levantar parcialmente esa pausa.
Qué puede pasar con los trámites migratorios
Por ahora, la suspensión para los países señalados por el Uscis no tiene una fecha pública de finalización. Eso deja abierta la posibilidad de que la retención continúe durante buena parte del presente año, salvo que el gobierno modifique nuevamente sus lineamientos internos.
También existen excepciones puntuales en ciertos expedientes técnicos, como reemplazos o renovaciones específicas, pero la regla general sigue siendo la misma: los nuevos beneficios migratorios para ciudadanos de esos 39 países enfrentan un bloqueo administrativo.
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Todos los hombres del presidente: la apuesta de Robert Redford y por qué sigue más vigente que nunca

Hay aniversarios que sorprenden. Por ejemplo, el de los cincuenta años -hace cincuenta años que se estrenó, nada menos- de Todos los hombres del Presidente, la película que podemos llamar paradigma del thriller político. De algún modo inventó un género o un subgénero. También, a pesar de su tema y de su contexto, a pesar de que podía considerarse —si se hubiera utilizado el término— un docudrama, resumía cierta tradición del Hollywood clásico incluso si pasaba por algo más moderno. Cuando se la vuelve a ver (está en HBO Max), parece filmada ayer. Lo más pesimista que podemos decir de este film de Alan J. Pakula (que nunca fue un gran cineasta, pero aquí no solo hizo los deberes sino que además legó un clásico) es que el mundo no ha cambiado demasiado desde Watergate. Por lo menos en el comportamiento de los políticos, aunque vaya uno a saber si espiar opositores hoy tiraría a un gobierno. No creemos. Sí, eso también es pesimista.
Los hechos: durante la campaña política de 1972, cuando Richard Nixon buscaba una reelección que estaba casi cantada, su enorme paranoia lo llevó a espiar a los demócratas. Para eso, un grupo de agentes federales y “plomeros” camuflados entraron en las oficinas del partido en el edificio Watergate, en Washington D.C. Un poco por casualidad, un poco por perspicacia, un mucho por oficio, los entonces jóvenes periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, comenzaron a investigar sobre aquella entrada ilegal. El resultado, dos años más tarde, fue que Nixon, ahora en su segundo mandato, tuvo que dejar el cargo. Fue la única vez que, sin mediar asesinato, un presidente norteamericano tuvo que irse antes de tiempo.
Estamos en 1975, aún en el gobierno de Gerald Ford, vice de Nixon que hizo un decoroso papel hasta que perdió las elecciones contra el demócrata Jimmy Carter en 1977. Watergate era el punto de inflexión final para una sociedad estadounidense que venía de decepción en decepción. La primera, fundamental, fue la retirada de Vietnam, trauma que acompañaría por décadas —incluso hoy, aunque no se note tanto— a la sociedad estadounidense. La segunda, el malestar político y eso que hoy podríamos llamar “grieta”, que aparecía alrededor de la propia figura de Nixon. Luego, discusiones sociales (en ese 1975 finalmente se legalizaría la pornografía, lo que hablaba claramente de cambios en la percepción de lo permisible no sólo en el cine; al mismo tiempo que se agotaba el “flower power” hippie) que tomaban temas nuevos. Y por último, la idea de que era imposible, definitivamente, confiar en el gobierno. Si eso había comenzado con el asesinato de Kennedy, la debacle de Nixon era básicamente dejar a un país que siempre tuvo en alta consideración sus instituciones completamente a la deriva. En gran medida, por lo menos entre la población urbana, el sentimiento era “¿Y ahora, qué?”.

De algún modo, Todos los hombres... implicó ese “qué”. Aquí entra Robert Redford, que le compró los derechos a Woodward y Bernstein por casi medio millón de dólares en 1974 y se puso a trabajar inmediatamente contratando a Alan J. Pakula, que era un realizador de la generación formada en la pantalla chica, un poco a contrapelo del New Hollywood de Coppola, Scorsese et al. Como Sidney Pollack o Sidney Lumet, era un realizador comprometido —es decir, politizado— y crítico de la sociedad. No el mejor, por cierto (aquí habría que nombrar a Jerry Schatzberg, creador de Espantapájaros, o Ulu Grosbard, de Enamorándose, como mejores representantes de esa camada), pero resultó el adecuado para esta película en particular. Y si bien el elenco era pura estrella, con Redford interpretando a Woodward y Dustin Hoffmann como Bernstein, se entendía desde el principio que la verdadera estrella era el método, la forma de mostrar el periodismo en acción sin recurrir a ninguna fantasía. El caso en sí era suficientemente excepcional (un presidente paranoico que construye su propia caída) como para optar por artificios. El oficio televisivo, directo y realista extremo de Pakula cabía perfecto. Es, en ese sentido, una película moderna y esa modernidad estilística, más allá de que hoy hay celulares y computadoras en lugar de teléfonos de línea y máquinas de escribir Remington, es la que le otorga actualidad.
Porque lo interesante de Todos... proviene de su precisión narrativa, de que el suspenso no proviene de alterar el tiempo y el espacio —el método Hitchcock, digamos, pura estilización— sino de optar por algo más cercano al documental. Todos los actores comprendieron eso y no hay en toda la película ningún desborde injustificado. Se nota, por ejemplo, en el genial secretario de redacción que interpreta Jason Robards, un actor notable que se llevó el Oscar por esta película. Y se nota, también, en las apariciones del “informante”, en esos estacionamientos oscuros y a distancia —algo que se volvió icónico, tanto como para ser parodiado por Los Simpson—, interpretado por Hal Holbrook. Ese informante que, para reflejar de paso lo que sucedía en esos tiempos, eligió ser llamado Garganta Profunda, como la seminal (broma no intencional) película pornográfica que se había convertido en el otro fenómeno cultural de aquellos Estados Unidos entre el conservadurismo y la ruptura, Nixon mismo aparte.
Cuando el film se comenzó a gestar, todavía Nixon era presidente. Sin embargo, la producción no tuvo presiones apreciables: es evidente que el duelo estaba hecho, las cosas eran inevitables y se trataba de una oportunidad de poner las cosas en claro. De hecho, otro de los méritos de Todos... es que apareció en el momento justo y muy rápido respecto de los acontecimientos. Piensen, si no, en su especie de precuela, The Post, de Steven Spielberg, realizada en 2017 y donde también se trata de una investigación del Washington Post, en ese caso de los Pentagon Papers, aquellos que decían desde un principio que no se podía ganar Vietnam. La distancia es de medio siglo. En el caso de Todos..., la distancia era casi nula. La idea era comprender qué había pasado. En esa oportunidad, y quizás fue la única en la que el cine cumplió cabalmente esa función, una película podía pasar en limpio no sólo lo que había pasado realmente alrededor de Watergate, sino sobre todo cómo funciona el buen periodismo. Porque en cierto sentido se trata no sobre el caso en sí, sino sobre la ética, sobre cuáles son los límites morales tanto en el ejercicio del poder como en el de la profesión periodística.

Algo notable en la película es que su realismo, su luz glauca, su redacción ruidosa, sus reuniones de sumario, proveen al espectador de una experiencia mucho más inmersiva que los grandes espectáculos en pantallas gigantes. No porque la imagen provenga de cualquier punto de nuestro campo visual, sino porque al entender a través de actuaciones de “tipos normales” (vamos a eso en seguida) lo que está sucediendo, directamente nos sentimos allí. Con “tipos normales” decimos que ninguno de los actores muestra algún vicio histriónico, como si no fueran efectivamente intérpretes. Eso es una hazaña, porque no hay nada más difícil para un actor profesional —y mucho más cuando se trata de una estrella que arrastra al público al cine sólo con su nombre— que dejar de lado los tics y herramientas provistos por años de conservatorios y manejo de la cámara. Aquí no sucede nada de eso. De allí, también, que podamos utilizar el término “docudrama”: el aspecto es el del documental, mientras se nos cuenta una historia con actores interpretando, no está de más subrayarlo, personas que estaban vivas y podían juzgar la película en ese mismo momento.
Fue un éxito enorme, pero se sabe que esta clase de películas basadas en hechos reales conmocionantes pueden serlo (o ser fracasos estrepitosos, no hay términos medios). Lo que llama la atención es que superó la prueba del tiempo. De hecho, gardelianamente, Todos los hombres del presidente es cada vez mejor. La razón es que las taras del poder que retrata no han variado, incluso se han intensificado. Y que el acercamiento estilistico casi anónimo por el que se opta como puesta en escena le otorga la transparencia de una ventana a otro tiempo y permite establecer paralelos. Es cierto que tanto el quehacer político (o los políticos) y el periodismo (o los periodistas) se han devaluado excesivamente con el paso del tiempo. Es cierto que ninguno de los dos conjuntos aún sabe cómo hacer lo que deben en tiempos de redes y de un público ya no espectador sino usuario que tiene juicio propio y las herramientas para expresarlo. Por eso quizás es que esta película, que perdió el Oscar con Rocky (y lo perdió justamente, pero esa es por supuesto otra historia), se ha vuelto cada vez más pertinente: porque ilustra un manual de cómo ejercer el oficio de informar y cómo no ejercer el oficio de gobernar sin señalar con el dedo ni emitir una opinión destemplada. Es, por eso también, una excepción al “cine político”, y es cine político.
En todo caso, también, fue una suerte que Redford fuera un tipo politizado: sin el apoyo de una estrella —y sin el guion perfecto, mordaz, sin ausencia de humor, de William Goldman, el hombre que escribió Butch Cassidy y La princesa prometida— hubiera sido imposible recrear cada detalle de aquella epopeya de tinta y papel. Aunque el libro original solo da cuenta de la investigación (y es apasionante en más de un sentido) y no llega al desenlace de la presidencia de Nixon, cosa que la película sí narra de un modo simple y breve al final, Todos... es lo más parecido a una pieza arqueológica que todavía ejerce su poder cuando la miramos. Forma parte, un poco sin quererlo, de lo mejor que dio la mejor década del cine. Y probablemente sea, de todas aquellas obras, la que menos impacto ha perdido (social, que no estético) con el paso de las décadas.
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El mapa del dinero en tiempos de guerra y deuda: tres señales que todo ahorrista argentino debería lee

Para un ahorrista argentino, acostumbrado a convivir con crisis recurrentes, el riesgo no está en lo evidente sino en lo que se normaliza. Desde el comienzo de la guerra en medio oriente, surgieron tres variables que ofrecen una lectura clara del momento global y local: el comportamiento de los bonos soberanos en las principales economías, la dinámica entre los distintos tipos de dólar en Argentina y el salto reciente en el precio del petróleo. No son datos aislados, sino piezas de un mismo rompecabezas que define cómo, dónde y en qué moneda conviene ahorrar en los próximos años.
En la columna de hoy analizaremos juntos estos movimientos financieros locales e internacionales con el objetivo de brindar una lectura útil para el inversor argentino que busca optimizar el destino de sus ahorros en un mundo cada vez más cargado de conflictos e incertidumbre.
¡Manos a la obra!
Los bonos que hablan: qué dicen los países más ricos sobre el futuro del dólar
Cuando un Estado necesita financiarse, emite deuda y el mercado decide a qué tasa está dispuesto a prestarle, una tasa que condensa expectativas de inflación futura, riesgo de repago y credibilidad política.
Hoy Estados Unidos ofrece una tasa en torno al 4,36% para su bono a 10 años en un contexto donde la Reserva Federal reconoce que la inflación es más persistente de lo esperado, mientras Alemania, históricamente asociada a la disciplina fiscal, paga cerca de 3.04%, el Reino Unido se acerca al 4,95% presionado por una inflación que no cede, y Japón, que durante décadas fue sinónimo de dinero barato, rompe su propia lógica llevando sus tasas a niveles de 2,27%.
Esto se debe en parte a que Estados Unidos proyecta déficits cercanos al 8% del PBI hacia 2026 con una deuda que supera ampliamente el tamaño de su economía, Alemania abandona su ortodoxia para estimular el crecimiento y Japón profundiza su gasto en un contexto demográfico adverso; en todos los casos, el denominador común es el mismo: el equilibrio fiscal dejó de ser prioridad.

¿Qué implica esto para el dólar? Que su fortaleza tiene límites, no porque vaya a perder su rol global en el corto plazo, sino porque ninguna moneda respaldada por déficits crónicos y deuda creciente se aprecia indefinidamente en términos reales, algo que la historia financiera muestra con bastante consistencia.
Para un ahorrista argentino, acostumbrado a pensar en el dólar como refugio absoluto, la lectura requiere un matiz: el dólar sigue siendo mejor que el peso, pero ya no alcanza con dolarizarse, porque el riesgo dejó de estar únicamente en la moneda local y empieza a filtrarse, de forma más silenciosa, en las monedas fuertes, lo que obliga a cambiar el enfoque desde una decisión binaria (peso o dólar) hacia una lógica de distribución de riesgos.
En ese contexto, diversificar deja de ser una recomendación teórica para convertirse en una necesidad práctica, donde el dólar mantiene su lugar pero comparte protagonismo con otras monedas como el euro y, sobre todo, con activos reales que no dependan exclusivamente de la promesa de pago de un Estado.
El termómetro del miedo: qué revela la diferencia entre los distintos tipos de cambio locales para la divisa estadunidense
Argentina tiene una particularidad difícil de encontrar en cualquier otra economía: conviven múltiples tipos de cambio en simultáneo y, más importante aún, la distancia entre ellos funciona como un lenguaje propio del mercado, una forma indirecta pero muy precisa de leer expectativas, tensiones y flujos reales de dinero.
Tomando las cotizaciones al momento de escribir esta nota, el dólar oficial se ubica en torno a $1.402, el blue en $1.415, el MEP en $1.404 y el contado con liquidación (CCL) en la zona de $1.459, mientras que el dólar cripto (USDT operado en exchanges) se mueve cerca de $1.454; más allá de pequeñas variaciones intradiarias, la estructura relativa entre ellos es lo verdaderamente relevante.

Lo que emerge de ese esquema es una señal clara: el CCL, que es el canal utilizado para girar divisas fuera del país, cotiza de manera sostenida por encima del MEP y del blue, lo que indica que el mercado está dispuesto a pagar un “extra” por sacar dólares de la Argentina, y ese sobreprecio no es otra cosa que la expresión de una preferencia creciente por dolarizarse fuera del sistema local.
La clave no está en el nivel puntual de cada tipo de cambio sino en la brecha entre ellos, porque el CCL actúa como un termómetro de los flujos de capital: cuando se encarece respecto de las otras cotizaciones, la lectura es que hay más demanda por salir que por entrar, es decir, más actores buscando cobertura externa que apostando a traer dólares al país.
En paralelo, el Banco Central continúa comprando dólares en el mercado local, pero esa acumulación no logra traducirse en un crecimiento sostenido de reservas, ya que los compromisos de deuda y los pagos asociados absorben buena parte de esos ingresos; la dinámica termina siendo la de un equilibrio frágil, donde el flujo de entrada existe pero no alcanza para fortalecer el stock, una lógica que se resume en una idea simple: lo que entra, también sale.
Para quien tiene ahorros, la conclusión no pasa por anticipar un evento puntual sino por interpretar correctamente el contexto: la calma cambiaria no es una garantía, sino una foto dependiente de condiciones que pueden cambiar, y en ese escenario mantener una porción relevante del patrimonio en monedas “duras” (y, en la medida de lo posible, fuera del sistema financiero local) sigue siendo una decisión defensiva coherente con la historia reciente y con la señal que hoy están dando los propios precios del mercado.
El petróleo arriba de 100 dólares: el impuesto invisible que nadie votó
Hay variables que el ahorrista argentino sigue de cerca por reflejo como el dólar, la inflación, las tasas; y otras que parecen lejanas, pero terminan impactando de forma igual o más directa. El precio del petróleo pertenece a ese segundo grupo, porque aunque no siempre se lo mire como referencia cotidiana, funciona como un impuesto global que nadie vota y que se traslada, casi sin fricción, a toda la economía.

Tomando los valores vigentes al momento de escribir esta nota, el barril de Brent se ubica en la zona de los 100 dólares, con una suba superior al 50% en lo que va del año, impulsada por la tensión geopolítica en Medio Oriente y, en particular, por las restricciones operativas en el Estrecho de Ormuz. El impacto no tarda en filtrarse hacia la economía local, porque el primer canal es directo: el aumento en los combustibles, que en Argentina ya acumulan subas cercanas al 13% en lo que va de marzo, encarece el transporte, la logística y, en definitiva, el costo de casi todos los bienes y servicios, generando una presión inflacionaria que no distingue sectores ni niveles de ingreso.
Pero el efecto más relevante no es inmediato sino financiero, porque un petróleo más caro refuerza el principal problema que hoy enfrentan los bancos centrales: una inflación que se resiste a bajar, lo que obliga a sostener tasas de interés elevadas durante más tiempo del previsto. Esto tiene una consecuencia directa para países como Argentina, ya que tasas altas en Estados Unidos implican que el capital global encuentra rendimientos atractivos en activos seguros en dólares y reduce su exposición a economías emergentes, lo que encarece el financiamiento externo y limita la capacidad de refinanciar deuda en condiciones favorables; en otras palabras, el petróleo caro no solo impacta en el surtidor, sino también en el costo del crédito y en la disponibilidad de dólares.
Para el ahorrista, la lectura vuelve a ser estratégica más que táctica, porque no se trata de anticipar el próximo movimiento del crudo sino de entender que, en un mundo donde los conflictos geopolíticos pueden trasladarse rápidamente a los precios de la energía, incorporar exposición a activos reales deja de ser una opción marginal y pasa a formar parte de una lógica de protección frente a una inflación global que, lejos de disiparse, encuentra nuevas fuentes de presión.
Conclusión: tres señales, una sola brújula
Las tres señales que deja esta semana no son hechos aislados sino partes de una misma dinámica que empieza a consolidarse: los países desarrollados pagando cada vez más caro su deuda, los dólares saliendo de la Argentina a un precio creciente y la energía funcionando otra vez como motor de inflación global configuran un escenario donde el costo del dinero sube, la confianza se vuelve más selectiva y los equilibrios aparentes dependen cada vez más de factores frágiles.
Leído en clave de decisiones, el desafío deja de ser reaccionar a eventos puntuales para pasar a construir una estructura de ahorro que resista este nuevo contexto, donde la diversificación de monedas deja de ser un concepto teórico y pasa a ser una herramienta concreta, no solo para reducir riesgo local sino también para evitar la dependencia absoluta de un dólar que, aun manteniendo su rol central, ya no ofrece la misma previsibilidad de otras etapas.
La seguimos la semana próxima con más material de finanzas personales e inversiones.
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Porsche creó una edición especial cargada de nostalgia de su mítico 911

El culto por el diseño clásico, el retorno a otros tiempos, sigue marcando el pulso de muchos fabricantes premium. Para algunas marcas, recuperar el espíritu de décadas pasadas no es solo una forma de rendir homenaje a su legado, sino también una estrategia para conectar con los entusiastas más fieles y exigentes. Porsche es uno de esos casos: pocos modelos evocan tanta historia como el 911, un deportivo que ha logrado mantenerse vigente sin renunciar a su esencia.
Bajo esa premisa, la casa de Stuttgart continúa explorando su pasado con una nueva edición especial de su línea Heritage Design. Esta vez, con el lanzamiento del Porsche 911 Spirit 70, una versión cargada de referencias visuales y detalles exclusivos que remiten directamente a esa década, y que se presenta como una pieza de colección.
Cuáles son los autos más rápidos del mundo que pisan la obsesión por los 500 km/h
Basado en el 911 Carrera GTS Cabriolet, el nuevo Spirit 70 se fabricará en una tirada limitada de apenas 1500 unidades para todo el mundo. La versión se distingue a simple vista por su exclusiva pintura Olive Neo, un verde intenso y profundo que combina con vinilos decorativos al estilo de los autos de carrera clásicos.

A esto se suman llantas Sport Classic con inscripciones doradas en la parte trasera y un emblema “911″ en el capot formado por tres franjas verticales. Cada detalle está pensado para evocar el ADN de los deportivos de hace medio siglo, pero sin perder la elegancia moderna que caracteriza a la marca.
El habitáculo también exhibe una estética muy particular. Se destacan los asientos deportivos con tapizado, un estampado geométrico negro y verde oliva que se inspira en los modelos previos alemanes. Este patrón, conformado por rectángulos de diferentes tamaños, se replica también en el tablero y los respaldos, donde se combinan tejidos y materiales de mayor confort.

A nivel tecnológico, sobresale el cuadro de instrumentos digital de 12,65″ con agujas blancas, escala analógica y dígitos verdes que remiten al clásico Porsche 356. Pese a su imagen retro, incorpora lo último en desarrollo mecánico. Equipa un sistema híbrido que combina un motor bóxer de 3.6 litros con un pequeño motor eléctrico y la tradicional transmisión PDK. El conjunto entrega 541 CV de potencia y 610 Nm de par, garantizando un rendimiento digno de su linaje.

Las unidades, limitadas, habían salido con una preventa de €240.000 y se agotaron al poco tiempo. Esta nueva edición no solo busca reafirmar el compromiso de la compañía con su legado, sino que también anticipa el futuro de una marca que sigue sabiendo cómo combinar nostalgia y exclusividad en cada lanzamiento.
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